La discusión del proyecto del ejecutivo que estable elecciones en dos días y fija multa para quienes no concurran a votar ha encendido un intenso debate en la clase política. La polémica fue atizada por lo dichos del diputado Winter (FA), quien señaló en su intervención en el hemiciclo de la Cámara que el proyecto del ejecutivo seria “anti pobres”.
La medida, que busca mejorar la participación ciudadana, como sabemos trae consigo la incorporación de cerca de 5 millones de votantes que anteriormente se mantenían al margen por diversas razones del proceso electoral.
Este factor está introduciendo altos niveles de incertidumbre en el resultado de las próximas elecciones de octubre próximo y ha avivado el temor al fantasma del votante obligado. El fantasma sería la metáfora para identificar a ciertas fuerzas invisibles o entidades no materiales que pueden tener un impacto real y significativo en la política y en la gobernabilidad de una sociedad. Así, el fantasma que acecha a la élite política sería el votante obligado.
La semana que termina asistimos a un episodio de la política como espectáculo. Esta estuvo caracterizada primero por el intento —entre gallos y medianoche— de algunos diputados de reponer en los hechos el voto voluntario al eliminar la multa para los electores que no concurran a votar. Luego le siguió la votación en la comisión mixta y en el Senado que derivó en el rechazo del proyecto del gobierno, creando tal confusión que derivó en el anuncio de veto por parte del ejecutivo.
El resultado sigue incierto, a pesar de estar a menos de 100 días de la elección. La perplejidad de los ciudadanos ante este desaguisado —fruto de la improvisación, la imposición de agendas personales y de decisiones electorales que se toman con la calculadora electoral— no hace sino confirmar los sentimientos de un sistema fracturado que crece con fuerza en la gente.
El contexto tiene que ver con que desde el retorno a la democracia el padrón electoral se había mantenido en promedio en unos 7 millones de votantes independientemente de los cambios de reglas electorales. Este promedio casi constante en 30 años sufrió cambios no muy significativos con el plebiscito de 2020 al aumentar a 7,5 millones de votantes, y en la segunda vuelta presidencial de 2021, con alrededor de 800 mil votantes adicionales. Sin embargo, con la introducción del voto obligatorio y la inscripción automática en 2022 y 2023 el padrón de votantes creció alrededor de 13 millones.
Varios análisis están mostrando que el voto obligatorio podría estar activando a aproximadamente 5 millones de nuevos electores. Este grupo, en su mayoría, está compuesto por ciudadanos que han estado alejados de los comicios recientes, ya sea por desinterés, descontento o falta de incentivos para participar. La perspectiva de estos nuevos votantes genera preocupación en los partidos y élite política, que ve en ellos un factor impredecible —un fantasma— que podría alterar drásticamente el panorama electoral.
Una caracterización de estos nuevos votantes fue desarrollada en una investigación realizada por profesores de las universidades de Chile y Católica —Juan Díaz, Benjamín Peña, David Altman y Eduardo Engel— donde se señalan que aproximadamente el 90% de estos “nuevos y misteriosos votantes” —como los definen— se trataría de un grupo transversal, compuesto principalmente por personas apolíticas y desencantadas con el sistema.

Estos ciudadanos son mayormente hombres, jóvenes, pertenecientes a sectores de menores ingresos y con bajos niveles de educación formal. Además, hay una notable presencia de adultos que, pese a su apatía política, se verán forzados a participar bajo el mandato del voto obligatorio.
La incertidumbre radica en la composición y las posibles preferencias de estos votantes obligados. Al no haber participado anteriormente, sus inclinaciones políticas son un misterio, lo que introduce complejidad al diseño de las estrategias de campaña. Esta situación será particularmente relevante en las próximas elecciones regionales y locales, donde el votante obligado tendrá un impacto directo y significativo en el resultado final.
El temor residiría en que estos nuevos votantes podrían inclinarse hacia opciones políticas que desafíen el statu quo, afectando negativamente, se cree, los resultados de sectores del oficialismo en las elecciones de octubre.
Este grupo de votantes, al estar compuesto en buena parte por grupos descontentos con la gestión gubernamental actual, podría favorecer a candidatos y partidos de oposición, reconfigurando el mapa político. La verdad es que no se dispone de evidencia o información electoral que permita sostener empíricamente lo anterior. De allí que el miedo sea por ahora producto de la intuición o imaginación que de evidencias.
Los votantes obligados no son de derecha ni de izquierda. Son electores volátiles porque no adscriben a posiciones ideológicas ni políticas definidas, por lo que no están cautivos con ninguna opción determinada. Por su naturaleza cambiante, son votos para conquistar en cada elección. Esto, a lo que obliga a los políticos y partidos es a esforzarse trabajando por sintonizar de mejor forma con los problemas de estos nuevos electores y con sus demandas; en definitiva, lo obliga hacer política —menos desde el discurso de las causas en clave identitaria o ideológica— buscando conectar con la realidad.
Finalmente, después de cuatro meses de tramitación en el Congreso del proyecto que buscaba perfeccionar el sistema electoral y realizar próximas elecciones en dos días cabe preguntarse: ¿No es una contradicción que una democracia tenga temor de la voluntad de los electores? En lugar de ver a los votantes obligados como una amenaza, los partidos políticos, incluido el oficialismo, deberían enfocar sus esfuerzos en (re)conectar con estos ciudadanos, escuchando, representando y respondiendo a sus demandas y preocupaciones.
Los partidos y la élite política parecen haber olvidado que convertir al “fantasma en aliado” es un desafío más que una sentencia. Convertir al “fantasma en aliado” en política significa transformar un elemento que inicialmente es percibido como una amenaza, una desventaja o un obstáculo en una ventaja o un recurso favorable. Esto requiere habilidad, adaptabilidad, y una visión clara para ver más allá de los problemas inmediatos y encontrar las oportunidades escondidas dentro de ellos. Es aquí donde los partidos debieran encontrar la clave y no en el miedo al fantasma del votante obligado.
Fuente: https://www.theclinic.cl/2024/07/14/columna-de-marco-moreno-voto-obligatorio-y-multa-a-quienes-no-sufraguen-en-las-elecciones-el-fantasma-del-votante-obligado/