Las encuestas han sido tradicionalmente consideradas como una herramienta clave para medir la opinión pública y ofrecer un panorama sobre el estado de la competencia electoral. Sin embargo, en los últimos años han cobrado un nuevo protagonismo en la política, transformándose no solo en un reflejo del sentir ciudadano, sino también en un instrumento de influencia que puede modelar la percepción de los votantes y las estrategias de los partidos políticos.
En las recientes semanas, el desempeño de figuras políticas como Carolina Tohá en los sondeos ha generado un intenso debate entre analistas, encuestadores y estrategas. Se le ha impuesto un umbral de rendimiento en estas mediciones, lo que no solo expone la presión que enfrentan los candidatos para mejorar su posicionamiento, sino que también invita a una reflexión más profunda sobre el rol de las encuestas en nuestro sistema democrático.
Si bien estos estudios son esenciales para proporcionar información sobre la evolución de las preferencias electorales, es fundamental recordar que solo capturan un momento específico en el tiempo. Su propósito no debería ser establecer metas políticas ni determinar el curso de una campaña, sino servir como una herramienta objetiva que permita ajustar mensajes y propuestas a las verdaderas preocupaciones ciudadanas.
No obstante, el creciente uso de encuestas como instrumentos de manipulación ha comenzado a generar inquietud. En algunos casos, los datos no solo son interpretados estratégicamente, sino que pueden ser utilizados para construir narrativas que beneficien o perjudiquen a ciertos candidatos. Este fenómeno altera la función de la encuesta, que deja de ser un reflejo objetivo de la realidad y se convierte en un mecanismo de presión política.
Esta tendencia plantea serios desafíos éticos para encuestadores y analistas, quienes deben garantizar la imparcialidad y la rigurosidad de su trabajo. La credibilidad de estas mediciones radica en su capacidad de ofrecer una visión fiel de la sociedad y no en la manipulación de datos para favorecer intereses particulares. Cuando se cruzan estos límites, se pone en riesgo la confianza pública en el proceso electoral y, en última instancia, la calidad de la democracia.
El caso de Carolina Tohá ilustra cómo la presión para mejorar en los sondeos puede influir en la estrategia de campaña de un candidato. Más allá de la evaluación de su desempeño, el verdadero problema radica en cómo la percepción creada por estas encuestas puede llegar a definir su viabilidad política. Sin embargo, sería un error considerar estos resultados como determinantes absolutos; las encuestas deben servir como una fuente de información para fortalecer propuestas y acercarse a la ciudadanía, no como un fin en sí mismas.
Este contexto nos obliga a reflexionar sobre el uso responsable de estos estudios y a exigir transparencia en su metodología y aplicación. Si bien seguirán siendo una parte fundamental de la política, es crucial que su influencia no distorsione la voluntad popular ni comprometa la integridad del debate público. Solo así podremos asegurar que su impacto contribuya al fortalecimiento de nuestra democracia, en lugar de debilitarla.
fuente: https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2025/03/10/mas-alla-de-los-numeros-la-encuesta-como-herramienta-de-influencia-y-el-desafio-etico-en-politica/