Por estos días se desarrolla en Santiago una nueva versión del Congreso Futuro, una iniciativa que desde el año 2011 ha aportado una instancia anual para hablar sobre los potenciales efectos, benéficos y problemáticos, de las nuevas tecnologías en nuestra sociedad. Este año, se ha planteado en él la pregunta por la humanidad y su destino, ¿hacia dónde vamos? En tal escenario ha surgido en diversas ocasiones la cuestión en torno al transhumanismo. ¿Es el transhumanismo sinónimo de superación-abandono de la humanidad, o es simplemente un impulso más, profundamente humano?
En cualquier caso, aclaremos primero qué es el transhumanismo.
En tanto concepto, el transhumanismo es un conjunto de ideas y acciones orientadas a promover la superación de las barreras biológicas humanas que limitan nuestras capacidades físicas y mentales. En tanto impulso cultural, el transhumanismo es un anhelo antiquísimo que ha habitado en lo profundo del género homo, tal vez desde su primera chispa de raciocinio. ¿Qué tiene entonces de nuevo realmente este movimiento cuyo concepto a tantos seduce, preocupa y escandaliza, y en qué están sus más activos cultores actualmente?
El anhelo de trascendencia no es una moda reciente. El deseo de superar las barreras impuestas por nuestra biología parece ser un impulso que se remonta a los albores de nuestra especie, mediante artificios y costumbres culturales diversas.
La posibilidad de legar saberes y recuerdos al futuro mediante las tradiciones orales y la generación de las primeras formas de documentación y escritura operaban y siguen operando como una medicina contra el olvido. El ser humano ha logrado mediante estas antiguas y otras recientes innovaciones tecnológicas perpetuar el asombroso contacto con otros
seres humanos futuros, trascendiendo así en parte a su mortal finitud. Sin la presencia de medios que permitan a la humanidad superar aquella barrera mortal tanto individual como colectiva no existiría la historia, y cada nuevo paso en la búsqueda de saberes y herramientas caería en el olvido, naufragando en la infinita necesidad de repetir una y otra vez las mismas empresas y búsquedas.
Otro momento lo han protagonizado el desarrollo, igualmente milenario, de todo tipo de prótesis corporales, permitiendo con ellas superar las limitaciones de la fragilidad corporal debido a la amputación y pérdida natural de miembros, dentaduras, etc.
Sin embargo, ¿podríamos decir con certeza que tales posibilidades tecnológicas han alterado realmente aquello que de formas no siempre claras entendemos por la condición humana?
Perspectivas diversas se debaten en torno a esta pregunta, puesto que la fragilidad natural tanto de nuestra memoria como de nuestros cuerpos queda de lleno trastocada gracias al artificio tecnológico.
Sea como fuere, lo cierto es que el impulso transhumanista, profundamente humano en sus intenciones, sigue tan presente como siempre.
Esta presencia exige abordar con la responsabilidad necesaria los cuestionamientos acerca de si debemos o no promover el desarrollo de ciertas tecnologías solo por el hecho de ser capaces de hacerlo. Hoy en día, el alcance del transhumanismo se manifiesta en fronteras tecnológicas antes impensables. La convergencia de la nanotecnología, la biotecnología, la inteligencia artificial y las ciencias cognitivas busca alcanzar la súper inteligencia, la súper longevidad y el súper bienestar. Por cierto que estas son formas contemporáneas de atender a lo que ya antes se buscaba, por ejemplo, mediante el uso de drogas en contextos tanto rituales como recreacionales: abrir las puertas de la percepción. Actualmente, el desarrollo de interfaces cerebro – computadora, como Neuralink, ya ofrecen oportunidades terapéuticas para restaurar funciones en pacientes con parálisis o trastornos neurológicos.
La ambición transhumanista prevé que estas herramientas algún día aumentarán la cognición y permitirán incluso una inmortalidad digital mediante la transferencia de la mente humana a sustratos sintéticos.
Este panorama plantea desafíos éticos y sociales críticos que exigen la atención particularmente de la sociedad civil y de personas preparadas para debatir sobre sus alcances, que no son necesariamente los mismos científicos e ingenieros capaces de desarrollarla, ni mucho menos los políticos profesionales. Existe un riesgo real de que el mejoramiento humano se traduzca en un supermercado transhumanista, un negocio que bajo la vieja confiable de la autoregulación del mercado genere una nueva aristocracia transhumana, solo al alcance de pequeñas élites y uno que otro outsider seleccionado y patrocinado para dar la sensación de posibilidad al alcance de todos, generando una nueva e inédita brecha entre ricos y pobres, ahora sí probablemente insalvable. Por lo demás, ya se ha discutido –y Chile es pionero– sobre las problemáticas provocadas por la conexión íntima entre dispositivos y el cerebro humano, generando interrogantes sin precedentes sobre la autonomía, la identidad personal y la privacidad mental.
El transhumanismo nos invita a un futuro donde la razón aplicada nos permita continuar superando, cada vez con mayor radicalidad, nuestra nunca bien ponderada defectuosidad biológica. Sin embargo, el éxito de estas transformaciones profundas no depende únicamente del avance técnico, sino de la capacidad de la sociedad para implementar políticas públicas y una regulación democrática que garanticen un acceso equitativo.
El objetivo debe ser asegurar que el progreso tecnológico sea inclusivo y transparente, evitando que el sueño de la trascendencia se convierta en un factor de marginación social.
Al final del día, todavía podemos creer en que la grandeza cívica de nuestra especie reside y debe residir no solo en la superación de sus limitaciones, sino en su capacidad de hacerlo protegiendo la dignidad y los derechos de las personas.
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