Patricio Silva R.

Investigador asociado CISO, Médico ginecólogo, exsubsecretario de Salud.

Patricio Silva R.

Investigador asociado CISO, Médico ginecólogo, exsubsecretario de Salud.

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El REENCUENTRO DE LOS DEMOCRATAS
Discurso del Presidente de la Honorable Junta Directiva: Dr. Patricio Silva Rojas Coquimbo, mayo de 2026
junio 8, 2026

Familiares del Presidente Patricio Aylwin Azócar, autoridades nacionales y regionales, invitados, querida comunidad universitaria:

A diez años del fallecimiento del Presidente Aylwin, nos convoca el recuerdo de quien dejó en todos los chilenos la huella de un verdadero estadista. Esta ceremonia de entrega a la comunidad de la reedición del libro El Reencuentro de los Demócratas nos brinda la oportunidad de volver sobre hechos históricos que conocemos bien: la polarización política, la crisis institucional, la pérdida de la democracia y el posterior proceso de transición.

Pero la lectura de este libro permite además adentrarse en la dimensión humana y política del Presidente Aylwin; comprender el profundo dolor que le provocó el golpe de Estado, siendo entonces presidente del principal partido político del país, que apenas tres años antes había gobernado con amplio respaldo ciudadano. Y, al mismo tiempo, comprender también la enorme responsabilidad histórica que posteriormente asumió en la tarea de reconstruir la democracia, recomponer confianzas y reencontrar a los chilenos.

Su lectura nos invita así a reflexionar de manera más profunda sobre el presente, sobre sus riesgos y sobre cómo convivimos hoy como sociedad.

Porque este libro no habla únicamente del pasado. Habla también de nosotros. De nuestras tensiones actuales, de nuestras divisiones y de la permanente necesidad de reencontrarnos antes de que las diferencias se transformen en fracturas irreparables.

Y justamente ahí está la enorme vigencia de este libro.

El concepto de “reencuentro” es extraordinario. Reencontrarse significa que alguna vez estuvimos juntos, que luego nos separamos, muchas veces dolorosamente, y que posteriormente fuimos capaces de encontrar caminos para volver a convivir.

Pero esos caminos no aparecen espontáneamente. Requieren amplitud de criterio. Requieren generosidad. Requieren disposición al diálogo. Requieren, incluso, aceptar que nadie posee toda la verdad y que ninguna sociedad democrática puede sostenerse cuando transforma al adversario político en un enemigo irreconciliable.

Y creo que esta reflexión adquiere una profundidad aún mayor para quienes vivimos personalmente esos procesos desde el servicio público, siendo parte de un gobierno que tuvo la enorme responsabilidad de reconstruir la democracia.

Porque reconstruir Chile después de largos años de gobierno militar no era únicamente una tarea política o administrativa. Era también una tarea humana y moral. Había que recomponer confianzas, recuperar instituciones, restablecer diálogos que parecían rotos y volver a enseñar que los conflictos podían resolverse dentro de la democracia y no fuera de ella.

Y eso exigía algo muy difícil: gobernar sin revancha, pero sin renunciar a los principios; reconstruir sin olvidar; avanzar hacia la justicia sin poner nuevamente en riesgo la democracia recuperada.

Mientras avanzaba en la lectura, me impresionó cómo el Presidente Patricio Aylwin describe el momento en que las consignas comenzaron a reemplazar la racionalidad y el diálogo en la vida política chilena. Frases como “el pueblo unido”, “todo tiene que cambiar” o “negar al gobierno la sal y el agua” terminaron instalando una lógica donde la política dejó de ser un espacio de acuerdos para convertirse progresivamente en una confrontación total.

Y cuando eso ocurre, la democracia comienza lentamente a debilitarse.

Porque las consignas simplifican realidades complejas. Eliminan los matices. Obligan a escoger bandos. Ya no importa comprender al otro, sino derrotarlo. Ya no importa convencer, sino imponerse.

Y creo que esa reflexión sigue siendo profundamente actual.

Muchas veces pareciera que el debate público premia más la descalificación que la reflexión; más la indignación que la búsqueda de acuerdos; más la pureza ideológica que la capacidad de construir soluciones comunes.

Por eso una de las grandes enseñanzas del libro es recuperar el valor de la moderación y del diálogo democrático.

Y digo valor porque, en tiempos polarizados, la moderación suele confundirse con debilidad o falta de convicciones. Pero ocurre exactamente lo contrario. Defender posiciones democráticas en medio de ambientes crispados requiere enorme fortaleza y convicción.

Porque es mucho más fácil refugiarse en certezas absolutas. Mucho más fácil dividir el mundo entre buenos y malos. Mucho más fácil negarse a ceder. Sin embargo, la democracia exige justamente lo contrario. Exige dialogar incluso con quienes piensan distinto. Exige reconocer legitimidad en el adversario político. Exige comprender que nadie obtiene el cien por ciento de lo que desea. Y esa idea atraviesa permanentemente el libro del Presidente Patricio Aylwin. Ser consecuente con los principios no significa encerrarse en posiciones rígidas o intransables. Significa defender ciertos valores esenciales: la libertad, el Estado de derecho, los derechos humanos y la democracia.

Y defenderlos siempre. No dependiendo de quién gobierna. No dependiendo de si las víctimas son cercanas políticamente. No dependiendo de la conveniencia circunstancial. Creo que allí aparece una diferencia fundamental entre quienes son verdaderamente demócratas y quienes no lo son.

El demócrata entiende que existen límites que jamás pueden cruzarse. Entiende que el fin nunca justifica los medios. Entiende que la democracia debe protegerse incluso cuando los resultados no coinciden plenamente con nuestras preferencias. Y aunque aquello pueda parecer evidente, la historia demuestra que no siempre lo ha sido.

Antes del golpe militar, Chile llegó a niveles de polarización tan profundos que muchos comenzaron a considerar una ruptura institucional como una salida posible a la crisis política. Y todos conocemos las consecuencias posteriores: violencia, persecución, pérdida de libertades y gravísimas violaciones a los derechos humanos.

Por eso este libro también debe leerse como una advertencia.

Una advertencia sobre cómo las democracias pueden deteriorarse cuando desaparece la disposición al diálogo y cuando los extremismos ideológicos comienzan a imponerse sobre la convivencia democrática.

Hay otra idea del libro que considero especialmente relevante: el pluralismo ideológico no es una amenaza para la democracia; es una condición esencial de ella.

Una democracia sana requiere diversidad de miradas, debate y discrepancia. Pero dentro de ciertos marcos compartidos: el respeto por las instituciones, por la ley, por las libertades fundamentales y por la dignidad humana.

El problema comienza cuando determinados sectores (de cualquier signo político), creen que sus objetivos son moralmente tan superiores que justifican pasar por encima de todo lo demás. Ahí la política deja de ser convivencia democrática y se transforma en confrontación permanente.

Otra reflexión muy profunda del libro es cómo una sociedad logra reencontrarse después de períodos traumáticos. Porque reencontrarse no significa olvidar. No significa relativizar el dolor. No significa desconocer las responsabilidades.

Significa algo mucho más complejo y difícil: comprender que una sociedad no puede vivir indefinidamente atrapada en el odio y la división. Y eso exige un delicado equilibrio entre justicia, verdad y estabilidad democrática.

Exige instituciones sólidas. Exige responsabilidad. Pero también exige prudencia, sentido histórico y voluntad de construir convivencia.

Muchas veces se critica la transición chilena por sus imperfecciones. Y ciertamente las tuvo. Pero leyendo este libro también se comprende la enorme fragilidad de ese momento histórico y la responsabilidad que implicaba consolidar una democracia recién recuperada.

Y quienes participamos directamente en ese proceso sabemos  mejor que nadie que reconstruir instituciones y volver a generar confianza entre los chilenos requería paciencia, diálogo y una enorme capacidad de escuchar.

En áreas tan sensibles como la salud pública, aquello significaba además reconstruir el vínculo entre el Estado y las personas, recuperar dignidad en el trato y volver a instalar una lógica de servicio público basada en acuerdos y no en imposiciones.

Creo que hoy tendemos a olvidar cuán difícil fue reconstruir convivencias mínimas después de años de violencia, miedo y desconfianza. Y quizás por eso este libro conserva tanta vigencia: porque recuerda que la democracia no se sostiene sola. Necesita personas dispuestas a cuidarla. Personas capaces de dialogar. Personas capaces de ceder. Personas capaces de comprender que el adversario político sigue siendo, ante todo, un compatriota.

Hay además una frase del Presidente Patricio Aylwin que me parece especialmente notable: “Sin justicia social ninguna forma de sociedad merece llamarse libre”.

Porque la democracia no puede reducirse únicamente a elecciones o instituciones formales. También requiere cohesión social, oportunidades y dignidad para las personas. Cuando amplios sectores sienten que viven excluidos o sin posibilidades reales de progresar, inevitablemente aparece frustración. Y esa frustración muchas veces termina alimentando discursos populistas o extremistas. Por eso la defensa de la democracia también exige construir una sociedad más justa.

No basta con defender libertades políticas si al mismo tiempo las personas sienten que el sistema no les ofrece oportunidades ni esperanza.

Y quizás ahí reside uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: cómo preservar sociedades libres y democráticas sin perder cohesión social ni capacidad de diálogo.

Quisiera terminar con una frase que resume de manera extraordinaria el espíritu del libro. El Presidente Patricio Aylwin escribió:

“La tarea es hermosa: construir entre todos la patria que queremos, libre, justa y buena para todos los chilenos. De nosotros depende, compatriotas”.

Creo sinceramente que esas palabras mantienen plena vigencia. Porque la democracia no consiste en que un sector destruya al otro. No consiste en imponer verdades absolutas. No consiste en humillar al adversario. Consiste en construir un espacio común donde personas distintas puedan convivir en libertad, con justicia y con respeto mutuo.

Y quizás el principal aprendizaje que deja esta lectura es precisamente ese: que las democracias sobreviven no cuando desaparecen las diferencias, sino cuando somos capaces de enfrentarlas sin destruir aquello que nos une como sociedad.

Muchas gracias.

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Fecha de publicación: Jun 8, 2026

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