El 12 de octubre, durante un mitin en Ohio, Donald Trump hizo una afirmación reveladora sobre la relación de Estados Unidos con Irán: «Puede que hayamos ido demasiado lejos con los dirigentes, porque ya no sabemos con quién demonios estamos tratando». Más allá de las interpretaciones políticas o militares de sus palabras, la frase plantea un problema previo a cualquier negociación: ¿qué ocurre cuando no está claro quién toma las decisiones del otro lado?
La teoría de juegos estudia situaciones en las que nuestras decisiones afectan a otros y, al mismo tiempo, sus decisiones afectan nuestros resultados. Para analizar esas interacciones se necesitan, al menos, tres elementos: identificar a los jugadores, establecer las estrategias disponibles para cada uno y precisar sus funciones de ganancia, es decir, cómo valoran los posibles resultados.
Habitualmente, la atención se concentra en las estrategias. ¿Es preferible negociar o confrontar? ¿Conviene ofrecer concesiones, mantener una amenaza o modificar las condiciones de un acuerdo? También se discuten las ganancias que cada parte espera obtener. Sin embargo, suele darse por resuelta la pregunta que viene antes de todas las demás: ¿quiénes son los jugadores?
Parece sencillo responder que, en este caso, los jugadores son Estados Unidos e Irán. En determinados análisis esa simplificación puede ser útil. Pero un Estado no es necesariamente un actor con una sola voluntad. En su interior pueden coexistir autoridades políticas, mandos militares, instituciones y grupos con diferentes intereses y capacidades de decisión. Tratar a todos ellos como un único jugador puede ocultar precisamente aquello que necesitamos comprender.
Identificar a un jugador no consiste simplemente en darle un nombre. Implica determinar quién puede elegir una estrategia, sobre qué decisiones tiene control y qué resultados busca alcanzar. En una negociación, además, exige distinguir entre quien conversa, quien tiene autoridad para aprobar lo conversado y quien dispone de la capacidad para cumplirlo. Esas funciones no siempre recaen en la misma persona o institución.
El politólogo Robert Putnam planteó en 1988 que las negociaciones internacionales se desarrollan en dos niveles simultáneos: el acuerdo que se discute entre países y el juego político interno que permite aceptarlo o bloquearlo. Un representante puede alcanzar un entendimiento en la mesa internacional y, sin embargo, carecer del respaldo necesario para hacerlo efectivo. La contraparte visible no agota, por tanto, el conjunto de jugadores relevantes.
Es allí donde adquieren interés las palabras de Trump. Si una ofensiva altera la composición del liderazgo de un país, también puede alterar el mapa de quienes deciden, sus incentivos y su capacidad para asumir compromisos. El país sigue existiendo, pero la estructura de decisiones que enfrentaba la otra parte puede haber cambiado. Y con ella cambia el juego que intentamos analizar.
Las consecuencias alcanzan a los otros dos elementos. Las estrategias disponibles dependen de quién tenga capacidad para ejecutarlas. Las ganancias esperadas dependen de qué intereses representen los nuevos decisores. Incluso una propuesta que parecía aceptable para un interlocutor anterior puede resultar irrelevante para otro o quedar sometida al veto de actores que no participan directamente en la conversación.
No se trata de suponer que todos los conflictos deban describirse mediante una lista interminable de actores. Un buen modelo simplifica la realidad. Pero debe hacerlo sin eliminar las diferencias que determinan sus resultados. La pregunta no es cuántos jugadores podemos nombrar, sino cuáles necesitamos reconocer para entender la interacción.
Por eso, antes de preguntarse cuál es la mejor estrategia, puede ser indispensable resolver otras cuestiones: ¿quién decide?, ¿quién representa a quién?, ¿quién puede comprometerse?, ¿quién puede impedir un acuerdo? Sin esas respuestas, la precisión de cualquier cálculo estratégico resulta engañosa.
La declaración de Trump es interesante porque traslada al lenguaje de la política internacional una dificultad elemental de la teoría de juegos. A veces creemos conocer el tablero, las acciones posibles y los beneficios de cada jugada, cuando todavía no hemos definido correctamente quiénes están sentados a jugar.
Antes de discutir cómo ganar un juego, conviene asegurarse de saber quiénes lo están jugando.







