Christine Delfour

Investigadora asociada CISO, Politóloga y catedrática universitaria, especialista en procesos democráticos y sistemas políticos en América Latina.

Christine Delfour

Investigadora asociada CISO, Politóloga y catedrática universitaria, especialista en procesos democráticos y sistemas políticos en América Latina.

Compartir

El movimiento estudiantil francés: la esperanza de la igualdad
En una nueva columna para CISO Chile, la politóloga e investigadora Christine Delfour analiza el movimiento estudiantil francés, marcado por la participación de jóvenes de barrios populares que cuestionan las desigualdades del sistema educativo. A través de testimonios de estudiantes, examina las demandas por mejores condiciones de enseñanza, igualdad de oportunidades y una mayor presencia del Estado, destacando el carácter espontáneo y autoorganizado de una movilización que desafía las formas tradicionales de participación política.
octubre 20, 2026

Apenas un mes después de la vuelta al colegio tras las vacaciones de verano, la juventud de los colegios (secundaria de 11/15 años), liceos públicos (15/18 años-bachillerato) y algunas universidades ha tomado la calle y, con ella, la palabra.

Todavía no es el momento de hacer un balance de estas dos semanas de movilizaciones, manifestaciones, cierres de colegios y cargas policiales inéditas, que han dejado su rastro de heridos, agredidos y detenidos (más de 8.000 hasta la fecha, es decir, el doble que en las manifestaciones de mayo del ´68). Lo que se puede afirmar hoy es que, contra todo pronóstico, esta juventud, considerada apática e individualista, ha tomado la palabra y muestra otra cara: la de jóvenes muy informados, organizados en redes sociales, que denuncian las injusticias y las desigualdades, a veces con radicalidad. Enfrente -un poder ejecutivo que tiene dificultades para entender el significado profundo de su movilización- responde con fuerza bruta contra adolescentes, seguro de su poder como detentor de la violencia legítima.

«No somos todos iguales». «No tengo las mismas oportunidades que alguien que vive en París y cuyos padres trabajan». «Tengo una beca y no tengo dinero para pagar clases particulares». «Hace 38 grados en mi clase y somos 36 alumnos». «Los baños no funcionan, están sucios y las puertas están rotas». «No tenemos profesores sustitutos cuando el nuestro está ausente, durante semanas o meses». «No tengo nada en contra de Parcoursup (plataforma para el ingreso en la universidad), que es solo un buzón, pero hay que crear más plazas en la enseñanza superior; si no, ¿qué va a pasar con el 91 % de los bachilleres?». «Me molesta oír a gente que estuvo en el cole hace cuarenta años decirme que entonces la situación era peor. No es un argumento para que la situación no mejore mañana». Estos son algunos de los comentarios recogidos en los medios de comunicación.

Este movimiento espontáneo, surgido en los barrios populares —una novedad en comparación con las numerosas movilizaciones de las décadas pasadas— de la región parisina, pero también de los suburbios de ciudades de toda Francia, insiste en la problemática de las desigualdades y demuestra una gran agudeza política. Así lo expresa Abdelkader, de 17 años, alumno del último curso de bachillerato en el Lycée Saint-Exupéry de Créteil, de donde partió la movilización: «Cuando se dice que nosotros, los liceanos de Créteil, hemos lanzado el movimiento, estamos orgullosos, por supuesto. De la divisa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, hoy no hay nada que funcione. La libertad está reprimida por las fuerzas del orden cuando intentamos hacernos oír; la igualdad no existe cuando vemos las diferencias entre los barrios periféricos y París; lo que queda es la fraternidad entre liceanos… Quiero también decir que nuestro movimiento es realmente apolítico. A los partidos los mantenemos a distancia». Lola, también de 17 años, del Groupe scolaire de Diois, en la ciudad de Die, prosigue: «En Die solo existe un liceo. Somos 240. El martes, los alumnos del colegio se unieron a nosotros en la manifestación, así como profesores y padres. (…) Espero que la Educación Nacional, hoy basada más en la instrucción que en la educación, haga de nosotros ciudadanos de pleno derecho, que desarrolle nuestro espíritu crítico en vez de atiborrarnos de aprendizajes inútiles y que, finalmente, nos prepare para nuestra vida adulta».

Es una movilización auto-organizada que no se parece a las manifestaciones sindicales, con servicio de orden, etc. Es espontánea, a diferencia de las movilizaciones de los años setenta, que respondían a proyectos de ley (Loi Haby, en 1975; Loi Devaquet, en 1986, etc.). Son estudiantes de barrios populares, hijos de padres en su mayoría de origen inmigrante. Es algo novedoso. Además, carecen de marcos ideológicos: no son ni trotskistas, ni maoístas ni libertarios. Su toma de conciencia y su rebeldía preceden a la ideología y la desbordan. No quieren hacer la Revolución como en Mayo del 68. Además, su relación con el Estado es ambigua, porque lo desafían al mismo tiempo que le piden más esfuerzos para mejorar sus condiciones de estudio y trabajo (limpieza de sus edificios, adecuación térmica para luchar contra el cambio climático, etc.). Quieren que el Estado esté más presente tras décadas de políticas neoliberales, acentuadas durante la era Macron.

Sorprendente e inusual, la solidaridad de los liceos elitistas, públicos y privados (École alsacienne, lycée Henri-IV, École supérieure des Mines, CentraleSupélec, escuelas superiores de ingeniería) puede hacer sonreír. Son centros privilegiados en infraestructuras y personal docente: «Nuestros privilegios tendrían que ser derechos», se lee en una pancarta del Lycée Louis-le-Grand de París. Pero «hay que ver en ella [esta solidaridad] una prueba de reflexividad de esta generación frente al problema de las desigualdades», escribe Laurent Jeanpierre en Le Nouvel Obs (15-22/10). Esto vale para las desigualdades espaciales entre el centro y la periferia, así como para las desigualdades sociales, que inciden en los medios asignados a los centros educativos y en la presencia de profesores blancos y procedentes de la inmigración, uno de los elementos más novedosos de este movimiento. La esperanza de la igualdad de condiciones es central en esta lucha.

Como decía Pierre Bourdieu y como confirman los trabajos recientes de Vincent Tiberj y Laurent Lardeux, no se puede hablar de una única juventud. Para estos sociólogos, lo que cuenta es la articulación entre la edad, la clase social y el lugar de residencia. No existe una juventud, sino juventudes. Hoy, una parte de estas diferentes juventudes, que no suelen tener un horizonte común, actúa provisionalmente unida.

Se suele afirmar que los grupos desfavorecidos se desinteresan de la política electoral. Esta juventud demuestra que tiene una visión política —en el sentido noble del concepto— del mundo y un sentimiento agudo de las injusticias sociales que sufre, así como de los enemigos contra los que hay que luchar. Mientras tanto, la respuesta gubernamental se basa en una represión brutal y sin reservas, y la juventud de extrema derecha guarda silencio. Desde hace años, los educadores vaticinaban este movimiento, al constatar que «nuestros hijos viven en un mundo que ya no es el nuestro».

Ultima manifestación este sábado 17 de octubre antes de las dos semanas de vacaciones de Todos los Santos. Huelga general convocada el 5 de noviembre por los sindicatos. Mientras, el descontento estudiantil se expande a Bélgica, Italia y España.

Compartir

Fecha de publicación: Oct 20, 2026

Pin It on Pinterest